El Gato en la Ventana. (Parte I)

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El Gato en la Ventana.

Por Jose Manuel Moreno “Qulon”

¡Malditos marrajos! Gritó el viejo mientras sus manos nudosas tiraban de la red. ¡No valen un penique y espantan a la pesca! -volvió a exclamar en un tono mas bajo.

El sol del verano aprieta fuerte, así que el viejo coge un poco de agua fresca que lleva en una lata, y se la echa por la nuca. Va recogiendo la red mientras se fija en un par de aberturas en el casco del bote, que necesitan de su tiempo, alquitrán y unos trapos.

En la red hay alguna sardina, media docena de cangrejos y un marrajo de pequeño tamaño al que en la aldea llaman Toyo (una especie de tiburón pequeño, que solo puede comerse con paciencia después de remojar un par de días su carne en agua dulce, para quitar el sabor a amoniaco)

El viejo ha recogido muchas redes en su vida y sabe que la suerte va por rachas. Empieza a hacer calor y el sol está muy alto para pescar, así que se dispone a recoger la red cuando divisa a lo lejos una pareja de piqueros.

Usando el dorso de su mano como parasol, el viejo les ve zambullirse una y otra vez a una distancia de 200 o 300 metros. Rápidamente, aunque remando sin hacer ruido, alcanza a los pájaros que, sin prestarle demasiada atención, siguen lanzándose y zambulléndose una y otra vez.

Cuando el viejo se dispone a lanzar la red se da cuenta de que algo no funciona – ¡Mierda!…… ¡Son pájaros jóvenes. Pero si andan jugando no mas! – dice para si mismo, maldiciendo al calor y a la miseria que es muy cruel cuando se es viejo.

No obstante, algo le dice que debe echar la red, una vez al menos.

Al viejo le duelen los huesos de la espalda desde que naufragó con el pesquero de la compañía conservera y hace un par de años que el hombro derecho le duele a rabiar, pero agarra un cabo y comienza a desenrollar la red, echándola cuidadosamente por la popa del bote.

Con las esperanzas justas, saca un paquete del bolsillo trasero y empieza a liarse un cigarrillo, que deja colgado de la comisura de los labios. Sabe que tiene que dejar de fumar y de beber tanto, pero al fin y al cabo son los únicos vicios que un hombre honrado puede tener.

Hace un rato que ha lanzado cebo por la parte interior de la red, así que aparta los remos, las latas y la maroma y empieza a tirar de la red.

Lleva más o menos una cuarta parte recogida, cuando un fuerte tirón casi le lanza por la borda. El viejo que aún conserva los reflejos, pone una de sus botas contra el travesaño de popa, y se inclina hacia atrás para aguantar el tirón.

¡Marrajos de mierda! – Grita entre dientes – ¡Ahora si que he pillado uno gordo!
De pronto la red pierde peso y algunas algas aparecen por encima de la superficie. El viejo cree que quizá se ha enganchado con algún saliente del fondo, y recoge con menor velocidad, convencido de que la red sube vacía.

(continuará)

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